Cuncani: el hogar de la sonrisa

Por Verónica Franco.

Pocas veces he tenido la oportunidad de vivir experiencias que signifiquen un impacto emocional importante. A veces suceden sin siquiera esperarlas o buscarlas. Cuncani resultó ser una inesperada y maravillosa combinación de emociones.

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              Recreo en la Escuela de Cuncani

No sé si es muy fácil describir la pobreza. Decir “nada” no resulta suficiente. La pobreza hay que verla, sentirla, olerla, oírla. No sé si con palabras se puede describir la falta, la indiferencia, la distancia, la nada.

En el 2013, cuando comenzó el Programa de Almuerzos en Cuncani, me gustó mucho la idea de colaborar con su proyecto, siempre en la línea del desarrollo humano. A lo largo de dos años de mi contribución, mi idea de Cuncani fue construida sobre la base de las fotos que vi o de las historias que escuché. Nunca aterricé en lo que realmente era Cuncani. Recuerdo que por Navidad, los padrinos y madrinas pudimos mandarles algún regalo a nuestros ahijados y al preguntar qué se les podía mandar, la respuesta fue: “En realidad, los niños no tienen nada.” En ese momento no atiné, o tal vez no pude, esbozar una idea en mi cabeza acerca de que es “no tener nada”. No sabía que tiempo después podría comprobarlo.

En 2015, al conocer a Yusra y a Tahira, miembros de Nexos Comunitarios, me animé a ir a Urubamba con el objetivo de conocer Cuncani. Ya no era madrina, pero la intención de conocer el trabajo de Nexos Comunitarios y a los niños  y niñas de Cuncani siempre hizo que ese viaje quedara pendiente. Finalmente lo hice y así llegué a Urubamba a mediados de octubre de este año.

Dos días después de mi llegada comenzó el gran viaje, el cual realizan los miembros de NC todas las semanas. El bus nos recoge a las 4 de la mañana, cuando todo está muy oscuro y en silencio, y subimos todos los alimentos que servirán para preparar los almuerzos de esa semana para los niños de Cuncani. Camino a Calca recogemos a un grupo de maestros que se quedan de lunes a viernes en Cuncani y otros en comunidades cercanas. Seguimos nuestro recorrido y de pronto nos detiene una buena cuota de realidad: un paro de pobladores de Calca. Reclamaban la reparación y el asfaltado de la pista que une Calca con el resto de pueblos, por donde pasan diariamente miles de vehículos, incluyendo los camiones de Odebrecht, empresa que lleva a cabo la construcción de un gaseoducto. Tuvimos que volver a Urubamba con todos los alimentos de Cuncani, teniendo en cuenta que ese día los niños se quedarían sin almuerzo. Sentí mucha desilusión al no poder llegar a nuestro destino, el objetivo de mi viaje era visitar Cuncani, y tuve miedo también de no poder llegar nunca, ya el único día que me quedaba libre era el martes, pero si el paro no se levantaba, sería imposible llegar. Finalmente, el paro terminó la tarde del lunes.

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     Disfrutando de los columpios de la Escuela

El martes llegamos a Cuncani, después de 3 horas y media de viaje desde Urubamba y de hacer uso de 3 diferentes tipos de transporte. Cada pueblo que pasábamos era más pobre que el anterior, habían más carencias, el ruido y el trasporte iban desapareciendo, y el frío iba aumentando. Cuando llegamos a la escuela de Cuncani, todos los niños y niñas corrieron a recibirnos con una inmensa alegría. Bajo del bus y me doy cuenta que estamos en medio de las montañas, rodeados por ellas y bajo un sol, que aunque intenso no calienta. Ayudo a bajar los alimentos para el almuerzo y comienzo a mirar a mi alrededor. Dos salones de clase a un extremo, un comedor junto a una cocina muy sencilla al medio, baños y un tercer salón al otro extremo. Nada más, ese es todo el colegio. Y al frente, el río. Doy algunas vueltas, les digo mi nombre a algunos niños que me lo preguntan y sigo observando.

Mientras camino mirando los alrededores, me presentan al profesor de inicial, Anacleto. Muy sonriente y amable me da la mano y la bienvenida. Yusra y Tahira, miembros de NC que realizan el proyecto Foto-Voz en Cuncani, además del proyecto de mantenimiento del biohuerto, se retiran a conversar con la directora mientras yo me quedo con Anacleto. Le pido que por favor me permita estar en su clase y observarla. Superando todas mis expectativas, me invita a participar de la clase y me pide que les enseñe algunas palabras en inglés a los niños (yo soy profesora de inglés). Me siento con los niños en semicírculo, como si fuera una alumna más. No entendía nada ya que los niños de esas edades, 3, 4, 5 años, sólo son quechua hablantes. Comenzamos la clase repitiendo los números en quechua, situación que a mi me resulta muy difícil porque no sé quechua. Los niños y niñas a mi costado me ayudan con la pronunciación. Luego Anacleto me pide que escriba en la pizarra algunas palabras en inglés. Él escribe “casa”, luego yo escribo “house” y finalmente el vuelve a escribir “wasi”. Así tuvimos nuestra clase trilingüe. Luego de aproximadamente media hora, los niños y niñas se levantan para que Anacleto les ponga un poquito de jabón en las manos: era la hora del desayuno. Todos salimos a enjuagarnos las manos, pero no había agua así que tuvimos que correr al río. El agua era muy helada, tan helada que el viento hacía que te dolieran las manos. Corrimos de vuelta al comedor y ahí nos esperaba el desayuno, distribuido tres veces por semana por el programa social Q’ali Warma: arroz con leche. Cuando terminamos, volvimos a la clase. Pasó un rato más y cruzamos el río para jugar pelota.

No hubo ni un solo instante de esas 3 o 4 horas en que las niñas y niños no dejaran de sonreír. Me es muy difícil describir en palabras lo que me hicieron sentir a través de su alegría. Si pudiera ensayar algunas diría, a manera de pregunta ¿Es posible sonreír ante tanta pobreza? ¿Es posible que jugar pelota, cantar canciones, tirar la pelota al río y luego correr a sacarla sean suficientes motivos para reír, incluso a carcajadas?

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Deseo con todo mi corazón que estos niños conserven su sonrisa, a pesar del frío, de la falta, de la indiferencia de un Estado para el que no existen, de la distancia… Tal vez ese sea el único motor que los guíe en la búsqueda de nuevas oportunidades para crecer y desarrollarse. Y así también les agradezco por haberme enseñado lo simple que resultan algunas cosas que pasan desapercibidas ante los ojos adultos pero que son, sin lugar a dudas, las grandes cosas de la vida.

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