Pascua en Piura

Carlos Kamisaki (Embajador de Nexos Comunitarios)

Una semana antes de Pascua,  me inscribí para ir a ayudar a los afectados en Piura y entregar lo recaudado durante una rápida y exitosa campaña pro-fondos. Más allá de una reivindicación personal, esta vez tenía que llegar a conocer el auténtico problema y hacerlo mi prioridad, observar lo que viven miles de peruanos en las regiones más afectadas luego de las inundaciones y permitir que esto me ayude a darle una perspectiva más profunda a mi futuro. La experiencia me permitió tocar fondo y poder redactar este texto.

Debo resaltar que no es mi intención que cuando lo leas te sientas incómodo ni que compares lo poco o mucho que estás haciendo por ayudar. Simplemente voy a contarte lo que me sucedió, con el objetivo de transmitir mis sensaciones y reflexiones al conocer la verdadera cara de la emergencia.

En Lima vivimos una pequeñísima (por no decir insignificante) cuota de la realidad en comparación con el resto de regiones. Incomodidad por la falta de agua, no podíamos asearnos, ni regar el jardín. Ahora sí nos tocó pasarla mal, ¿verdad? Pero en realidad, no se nos llenó la casa de lodo, no nos quedamos solo con lo que teníamos puesto, ningún familiar tuvo un trágico desenlace y sobre todo, en un par de días, nuestras vidas volvieron a la normalidad. A pesar que nada tan dramático sucedió dentro de la ciudad, de todas maneras enloquecimos muy rápido por tan poco, y hemos decidido voltear la página demasiado pronto.

Sin embargo, tan solo a 40 km del centro de Lima la situación sí era bastante crítica. Pero aun en aquellos lugares los esfuerzos del gobierno sí llegaron en algunas horas o días. Ahora imagina aquellas regiones como Tumbes, Chiclayo y Piura, en donde existen comunidades que se quedaron aisladas y no tuvieron la asistencia necesaria. Durante las primeras semanas hubo mucha ayuda pero, hoy, varias semanas después, la ayuda no es suficiente.

Por ser una organización peruana, Nexos Comunitarios debía colaborar con las personas afectadas. Gracias a las donaciones que recibimos, más allá del alivio temporal que pudimos ofrecer a un grupo reducido de personas afectadas, el impacto que esta experiencia dejó en nuestro grupo, es y será importante para que cada uno decida qué hará para ayudar a que la vida de aquellas, no solo regrese a la normalidad sino mejore, pues muchos de ellos vivían ya, en un estado de pobreza.

En mi caso, primero tuve que enfrentarme a la comparación. Las inundaciones habían dejado locaciones bastante comprometidas. Cuando recordaba lo ocurrido en Lima, me sentía avergonzado por haberme fastidiado tanto. Mis problemas se redujeron notablemente, aunque este es un concepto delicado y debatible. Sin embargo, creo que podemos concordar que eso de ponerse las mascarillas, usar altísimas dosis de repelente (algunos también capsulas de vitamina B a diario), el calor apabullante en una ciudad donde todo había colapsado, sumados a la desesperación de estar en cierta forma desconectados del resto del país, representaba la verdadera emergencia que enfrenta el Perú en estos momentos.

Además, estaba presente el riesgo constante de tener que detener mis planes ante una eventual enfermedad de dengue. Esta perspectiva cambió en el momento que visitamos a los primeras personas afectadas. El primer día lo dedicamos a las familias del albergue en San Jacinto (Parroquia Santísimo Sacramento). Las personas que se refugiaron en este lugar habían perdido prácticamente todas sus pertenencias, algunas estaban esperando reconstruir sus casas y otras estaban allí mientras sus familiares, estaban cuidando lo que quedó de su terreno para que nadie pudiera arrebatarles lo último que les quedaba. Además de ser un escenario doloroso, no podemos dejar de lado el hecho que el camino para estas personas sigue totalmente nublado, con la meta de reconstruir sus casas pero sin la fuerza ni recursos necesarios. Por supuesto, aquellos en el albergue tenían cubiertas algunas necesidades, por unos días, pero no pueden quedarse ahí para siempre. ¿Y qué queda para aquellos que han perdido más que lo material? Las historias de los días siguientes a las inundaciones eran crudas e intensas. “Más allá de un pequeño cambio en mis planes, mi vida no iba acambiar mucho más cuando regrese a casa”, de eso me convencí. El miedo inicial que tenía acerca de si esta visita me iba a afectar o no, se convirtió en respeto por todas esas personas fuertes y luchadoras, que no se han rendido a pesar que el escenario continúe siendo devastador. Para ellos si habrán muchos cambios al regresar a su hogar, si es que regresan porque muchos tendrán que empezar de cero, y en lugares ubicados en el desierto. ¿Te imaginas?

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A pesar de estas primeras impresiones, aún no había visto nada. El segundo día visitamos el campamento de emergencia de los damnificados del distrito de Cura Mori. Esta vez describir lo que vi no va a ser suficiente, por ello optaré por describirlo a través de las emociones que tuve y usaré   imágenes que capturé durante la entrega de las donaciones y explicaré brevemente lo que pasó por mi mente al observarlas.

Lo primero fue el campamento como tal. Ver las carpas en un desierto donde el único elemento adicional a la tierra, eran los algarrobos.  Durante todo el tiempo que estuvimos allí,  las personas hacían notar su desesperación al no contar con recursos para sobrevivir si quiera. Con ayuda de dos médicos, pudimos suministrar algunas medicinas y otras fueron entregadas al muy pequeño centro de salud que se ha instalado allí (que no cuenta ni siquiera con las medicinas básicas) . Fue muy difícil decidir a quién dárselas y a quien no y mientras pasaba el tiempo era  más evidente que nuestros esfuerzos por auxiliar a los más necesitados, eran muy pequeños. ¿Cómo poder decidir a quién aliviar y a quién no? Estaba muy claro que no podíamos con todos y fue inevitable que los rostros de mis compañeros empezaron a contagiarse de dicha desesperación.

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Sin embargo, al enfocarme en los más inocentes, las reacciones eran otras. Aquellos niños que buscaban alegrarse, a pesar de las limitaciones, buscaron cualquier excusa para reír, correr, jugar a las ‘empuñadas’ y olvidar que sus vidas habían cambiado de manera muy drástica, y sin entenderlo. Sabíamos que aquello que podía alegrarlos resultaba ser mínimo, pero podíamos ver sus caras con una sonrisa, a pesar que en algún momento, lo único que pudimos entregarles fue un rollo de papel higiénico.

En otras locaciones las reacciones eran similares con los niños. Para algunos era suficiente un poco de agua, una foto, un dulce o un globo. En fin, pequeñas dosis de felicidad que nos dejaron con una retribución muchísimo más grande que cualquier donación que entregamos.

Es verdad que las campañas tuvieron un alto impacto y las muestras de solidaridad se manifestaron de una u otra forma, pero tenemos que reconocer que  esto aún no termina. El compromiso no puede limitarse, hay personas en este momento que no tienen nada y están viviendo en carpas, sin una cama, sin un baño, sin agua, sin comida, sin ropa.

Me siento muy agradecido de haber participado de esta iniciativa, de haber sido parte de Piura al menos por unos días. Conocer esta parte de mi país desde el enfoque que le dimos ha sido especial en un sentido personalísimo. Poder enfrentarme con el egoísmo, la conformidad y la evasión de aspectos importantes como la compasión y el respeto, hicieron que este viaje sea otra oportunidad para volver a empezar.

En Nexos Comunitarios estamos buscando la mejor forma de ayudar a las más de 6,000 personas afectadas que aún están viviendo en carpas y que deberán pasar más tiempo en ellas. Mientras trabajamos para evaluar las posibilidades que tenemos, en nombre de NC quiero agradecerles a todos quienes realizaron sus donaciones.

Y para terminar, no quiero dejar de agradecer a Piura y a sus pobladores, que en pocos días, pudo enseñarme tanto.

¡Gracias Piura!

 

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