En la cima de Cuncani: el hogar de Saturnina

Por Carlos Kamisaki (Nexos Comunitarios & UDEP)

Trabajar en Cuncani es la parte que más disfruto cuando viajo a Urubamba. Debe ser que  hay mucho por hacer y mi tiempo en el lugar queda corto. La organización de la que soy parte, Nexos Comunitarios, me permite conocer sobre la vida en las comunidades, o Microcosmos Andinos como nos gusta llamarlas. Puedo decir con mucho orgullo, que dentro de ellas, he logrado conocer a familias muy amables. Hace un par de meses, en enero de este año tuve mucha suerte, Saturnina (actual colaboradora de NC y miembro de la comunidad de Cuncani) nos acogió en su casa, a mi compañero y a mí. Hoy quiero compartir con ustedes mi experiencia.

Subir a Cuncani siempre es una experiencia especial, pero debo ser sincero que es un gran reto. Esta vez, el reto se acentúo desde Lares. Al llegar al distrito, empezamos nuestra caminata a  Cuncani. A nosotros, dos costeños jóvenes, nos costó 4 horas. Mi compañero y yo estábamos riéndonos de nuestra condición física y nos comparábamos con dos señoras que andaban con sus wawas en la espalda, caminando a paso ligero como si la altura y la lluvia fuesen cosas de todos los día. Y vaya que lo son.

Para la comunidades de Lares y las que están cerca; el comercio, el transporte, la atención médica y prácticamente toda actividad similar, se realiza en los pueblos más cercanos. Estamos hablando de distancias que toman media hora en auto, si tienes suerte de encontrar uno y puedes afrontar el gasto. La otra opción que queda es ir caminando, lo cual puede tomar entre dos y cuatro horas.

Cuando al fin llegamos a Cuncani, nos dimos cuenta que nuestro destino estaba aun más lejos. La casa de Saturnina es una de las muchas que se encuentra en la cima de la montaña. Si quieres llegar allí, tienes que seguir un camino que exige un último aliento para llegar a la cima. Así hubiésemos tenido un carro, la única manera de llegar hasta la meta, es caminando.

En las casas, por supuesto, no hay ni televisores ni computadoras. No hay rastro alguno de electrodomésticos. Es posible encontrar unas cuantas radios, que nos ayudan a mantenernos informados, y saber si hay algún comunicado para la comunidad. La radio es también un medio de entretenimiento para las largas horas de trabajo en el campo, cuando se cuida a las llamas o se prepara la comida.

Si bien en el momento que llegamos (con lluvia y todo) el clima está templado, en las noches el frío es intenso. A las 5:30 p.m. el sol se despide y se va notando su ausencia. Las familias suelen juntarse en la cocina para mantenerse calientes y compartir unos momentos antes de ir a dormir. En esta visita tuvimos mucha suerte, la amabilidad de Saturnina y su familia, nos hicieron sentir abrigados.

Tetsumi y yo, junto a Saturnina y su familia

En casa de nuestra compañera, cada integrante del hogar tiene una función determinada dentro de las labores diarias. Mientras su esposo Victoriano participaba de una faena convocada por la comunidad, su hija se encontraba en la parte alta de la montaña, donde se cuidan los animales durante todo el día (incluida la noche). Estas son tareas repartidas en todas las familias sin excepción. Yo no podía imaginar quedarme en otro lugar que no fuese en el que estaba instalado y no dejé de pensar en su hija de 12 años, ahí, sola. Pensé: ¡12 años! Seguía muy asombrado, cuando me contaron que esto lo hacen las niñas y niños desde…¡los 7 años! ¿Se imaginan? Mientras seguía asombrado, Saturnina y Victoriano, sonriendo, me dijeron: Estamos acostumbrados.

A la mañana siguiente, la luz nos despertó a las 4:30 a.m. pero el frío hizo que nos quedáramos en cama. Una cama que muy amablemente nos había prestado la familia. Recién a las 7:00 a.m. quisimos levantarnos y colaborar con el quehacer matutino. El desayuno en casa de Saturnina fue buenísimo y estuvimos muy agradecidos por su hospitalidad; sin embargo me di cuenta que no había fruta en el desayuno, ni leche, ni café, sino un gran plato con alto contenido de grasas y carbohidratos, el desayuno y la cena fueron similares. Aunque delicioso, me quedé pensando qué pasaría con mi salud si mi dieta consistiese en este plato o sólo en papas y té, como es común para varias familias en Cuncani.

Junto a Victoriano y su hija en Cuncani.
Junto a Victoriano y su hija en Cuncani

El día continuó con una conversación con Victoriano, quien ya se encontraba trabajando en los cultivos de su casa. Victoriano nos contó que antes que se sienta el calor del sol, hay una hora en la mañana en la que la sensación de frío es mayor, es como si el mismo sol tuviese que calentarse antes de salir a abrigarnos. Mientras pasaban las horas o días, crecía mi aprecio por vivir en una comunidad con Cuncani. Veo, por ejemplo, que cada uno aprecia el valor del trabajo del otro. Los integrantes de una familia funcionan realmente como una pequeña empresa. Finalmente, todo los esfuerzos van dirigidos a poder alimentarse y cubrir los gastos básicos de la vida diaria en Cuncani. Siempre me quedo admirado al ver el gran esfuerzo que realizan todos. Ahora más, porque entiendo lo que significa trabajar para sobrevivir.

De las muchas lecciones que adquiero en cada viaje, esta vez me quedo con una especial: siempre puedes hacer tu mayor esfuerzo por generar un impacto positivo en la vida de quienes te rodean. Así lo he aprendido de Saturnina y su familia. Dentro de la sencillez de su hogar y las limitaciones de una vida en un microcosmos andino, no hubo momento alguno en el que me sintiera incómodo de no encajar en el sistema que mantienen. Me hicieron parte de su familia por unas noches y eso es algo que no olvidaré.

Sé que lo que estoy compartiendo con ustedes pueden ser solo palabras. Pero sé también que es una decisión personal el honrar estas lecciones y el trabajo de familias como las de mi compañera Saturnina y de muchas otras alrededor del mundo. Las familias de Cuncani y de varias otras comunidades, están acostumbradas a vivir en un mundo difícil, muy difícil y muchas veces, hostil, y a acomodarse en un planeta cada vez más ajeno a su realidad.

En unos meses regresaré a Cuncani, veré a los niños y niñas de nuestro Programa de Almuerzos y seguiré aprendiendo con Victoriano y Saturnina. Mientras tanto seguiré recordando mi último tiempo en Cuncani y aquel (último) largo día, aquél en el que mis amigos y yo, manejamos 100 Km en bicicleta para recaudar dinero para nuestra organización…un día que nunca olvidaré.

Hasta pronto.
Cuncani: Microcosmos Andino
     Cuncani: Microcosmos Andino

 

 

 

Cuncani: The house of smiles

Very few times in my life have I had the opportunity to have experiences that have made a lasting emotional impact on me. Sometimes they happen without any expectation at all. Cuncani turned out to be a very unexpected and wonderful combination of emotions.

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I don’t know if it’s too easy to describe what poverty means. To say ‘nothing’ is not enough. You need to see it, feel it, smell it, and hear it. I don’t know if words are useful to describe the absence, the indifference, the distance, the nothing.

In 2013, when the Lunch Program in Cuncani started, I liked the idea to support the project, always seeing from a Human Development perspective.

Alongside my two years of sponsorship, my idea of Cuncani was built based on pictures that I saw, or from stories that I heard. I never realized what Cuncani actually was. I remember that close to Christmas, we, the sponsors, had to send a present to our ‘ahijados’ (sponsored children) and when I asked what was the best gift to sent, the answer was: “Actually, the kids have nothing”. At that time, I didn’t realize or I couldn’t have had an idea about what having nothing meant. I didn’t know that some time later that I’d learn what it exactly meant.

In 2015, I went to Urubamba with the goal to finally visit Cuncani. I wasn’t a sponsor anymore but my desire to learn about Nexos Comunitarios (NC) work and the kids from Cuncani always made me feel that this trip was something I had to do. Finally, I made it and arrived in Urubamba in mid October.

Two days after my arrival, the great trip started; the great trip that the NC team make every week. The bus picked us up at 4:00 a.m., when everything is still very dark and quiet; we brought all the products to make the lunches for the kids for the week. On our way to Calca (the next town) we picked up a group of teachers that stay in Cuncani from Monday through Friday. We continued with our trip and suddenly a big chunk of reality stopped us: a strike organized by the population of Calca. They were complaining about the reparation of the road that links Calca with the rest of the towns, where daily, a lot of vehicles, including the big Odebrecht trucks (a construction company that is in charge of the construction of a new gas pipeline). They were blocking all the roads which impeded us from effectively moving on. We had to go back to Urubamba with all the produce and the only thing on our minds being that the children in Cuncani wouldn’t be able to have lunch.

I was very disappointed to not be able to reach our destiny – the whole objective of my trip was to visit Cuncani and I was afraid I wasn’t going to be able to make it. The last day I had was on Tuesday but it seemed that the strike was going to continue, therefore it was going to be impossible to arrive there. Finally, and thankfully, the strike ended on Monday afternoon.

IMG_2805On Tuesday, we arrived in Cuncani, after 3 and a half hours of traveling from Urubamba and after using 3 different types of transportation. Each town we passed through seemed poorer that the last one. There were a lot more services visibly lacking, the noise of urban life started to dissipate, there were a whole lot less vehicles and transport hubs and the cold started to increase.

When we arrived at the school in Cuncani, all the children ran to receive us with a lot of joy. I got off the bus and I realized that we were in the middle of the mountains, surrounded by them and under a sun that, although seemed intense, did nothing to warm us. I helped unload the products from the van and bring them to the school kitchen to where the mothers were, and then went to explore.

The school has three classrooms, restrooms, one refectory and a very simple kitchen. Nothing more, that’s the entire school. In front, a river runs through the community.

I walked around and I told my name to some kids after they asked me and I carried on exploring.

While I continued walking, I met the kindergarten teacher: Sr. Anacleto. Smiley and kind, he gave me a handshake and welcomed me. The coordinators of NC talked to the principal about the development of the greenhouse that is part of the Lunch Program whilst another NC coordinator is working on the PhotoVoice project. I asked Anacleto if I could stay in the classroom with him. Going beyond my expectations, he invited me to participate in the class and asked me to teach the kids some words in English (I’m an English teacher). I satt down in a semi-circle with the children, just like any other student. I didn’t understand a word, because the children (only 3, 4 and 5 years old) only speak Quechua. We started the class repeating the numbers in Quechua and that was difficult for me as I don’t know the language.

The children then asked me help with the pronunciation. Anacleto asked me to write a few words in English on the blackboard. He wrote “casa” (Spanish) and I wrote “house” and finally he wrote “Wasi” (Quechua). We had our first trilingual class.

Half an hour later, the children stood up so Anacleto could pour a small amount of soap in their hands and supervise their hand washing: it was breakfast time.

We all went out to rinse our hands but there was no water so we had to run to the river. The water was really freezing, so cold that combined with the wind, my hands hurt. We ran back to the school refectory where breakfast was waiting for them. Breakfast is provided by the government ‘Q’ali Warma’ program for children and today’s was: rice pudding.

When we finished, we went back to classes. After a while, we crossed the river to play ball.

There was no instant during those 3-4 hours in which the children didn’t smile. It is very hard for me to describe with words how they made me feel through their joy. If I could attempt to articulate some of these feelings I would say (in a question): Is it possible to smile in this very poor environment? Is it possible to play with a ball, to sing songs, throw the ball into the river and then go running to take it and use those moments as enough reasons to smile, even to laugh?

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From the bottom of my heart, I hope that those children keep their smiles in spite of the coldness, in spite of the lack of many things, in spite of the indifference from a State that doesn’t recognize them, in spite of the distance… Maybe that is the only reason that guides them in the search of new opportunities to grow and to develop. I also thank them for teaching me how simple joys can be forgotten when we are adults. Without any doubt, these are the most important things in life.

 

 

Cuncani: el hogar de la sonrisa

Por Verónica Franco.

Pocas veces he tenido la oportunidad de vivir experiencias que signifiquen un impacto emocional importante. A veces suceden sin siquiera esperarlas o buscarlas. Cuncani resultó ser una inesperada y maravillosa combinación de emociones.

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              Recreo en la Escuela de Cuncani

No sé si es muy fácil describir la pobreza. Decir “nada” no resulta suficiente. La pobreza hay que verla, sentirla, olerla, oírla. No sé si con palabras se puede describir la falta, la indiferencia, la distancia, la nada.

En el 2013, cuando comenzó el Programa de Almuerzos en Cuncani, me gustó mucho la idea de colaborar con su proyecto, siempre en la línea del desarrollo humano. A lo largo de dos años de mi contribución, mi idea de Cuncani fue construida sobre la base de las fotos que vi o de las historias que escuché. Nunca aterricé en lo que realmente era Cuncani. Recuerdo que por Navidad, los padrinos y madrinas pudimos mandarles algún regalo a nuestros ahijados y al preguntar qué se les podía mandar, la respuesta fue: “En realidad, los niños no tienen nada.” En ese momento no atiné, o tal vez no pude, esbozar una idea en mi cabeza acerca de que es “no tener nada”. No sabía que tiempo después podría comprobarlo.

En 2015, al conocer a Yusra y a Tahira, miembros de Nexos Comunitarios, me animé a ir a Urubamba con el objetivo de conocer Cuncani. Ya no era madrina, pero la intención de conocer el trabajo de Nexos Comunitarios y a los niños  y niñas de Cuncani siempre hizo que ese viaje quedara pendiente. Finalmente lo hice y así llegué a Urubamba a mediados de octubre de este año.

Dos días después de mi llegada comenzó el gran viaje, el cual realizan los miembros de NC todas las semanas. El bus nos recoge a las 4 de la mañana, cuando todo está muy oscuro y en silencio, y subimos todos los alimentos que servirán para preparar los almuerzos de esa semana para los niños de Cuncani. Camino a Calca recogemos a un grupo de maestros que se quedan de lunes a viernes en Cuncani y otros en comunidades cercanas. Seguimos nuestro recorrido y de pronto nos detiene una buena cuota de realidad: un paro de pobladores de Calca. Reclamaban la reparación y el asfaltado de la pista que une Calca con el resto de pueblos, por donde pasan diariamente miles de vehículos, incluyendo los camiones de Odebrecht, empresa que lleva a cabo la construcción de un gaseoducto. Tuvimos que volver a Urubamba con todos los alimentos de Cuncani, teniendo en cuenta que ese día los niños se quedarían sin almuerzo. Sentí mucha desilusión al no poder llegar a nuestro destino, el objetivo de mi viaje era visitar Cuncani, y tuve miedo también de no poder llegar nunca, ya el único día que me quedaba libre era el martes, pero si el paro no se levantaba, sería imposible llegar. Finalmente, el paro terminó la tarde del lunes.

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     Disfrutando de los columpios de la Escuela

El martes llegamos a Cuncani, después de 3 horas y media de viaje desde Urubamba y de hacer uso de 3 diferentes tipos de transporte. Cada pueblo que pasábamos era más pobre que el anterior, habían más carencias, el ruido y el trasporte iban desapareciendo, y el frío iba aumentando. Cuando llegamos a la escuela de Cuncani, todos los niños y niñas corrieron a recibirnos con una inmensa alegría. Bajo del bus y me doy cuenta que estamos en medio de las montañas, rodeados por ellas y bajo un sol, que aunque intenso no calienta. Ayudo a bajar los alimentos para el almuerzo y comienzo a mirar a mi alrededor. Dos salones de clase a un extremo, un comedor junto a una cocina muy sencilla al medio, baños y un tercer salón al otro extremo. Nada más, ese es todo el colegio. Y al frente, el río. Doy algunas vueltas, les digo mi nombre a algunos niños que me lo preguntan y sigo observando.

Mientras camino mirando los alrededores, me presentan al profesor de inicial, Anacleto. Muy sonriente y amable me da la mano y la bienvenida. Yusra y Tahira, miembros de NC que realizan el proyecto Foto-Voz en Cuncani, además del proyecto de mantenimiento del biohuerto, se retiran a conversar con la directora mientras yo me quedo con Anacleto. Le pido que por favor me permita estar en su clase y observarla. Superando todas mis expectativas, me invita a participar de la clase y me pide que les enseñe algunas palabras en inglés a los niños (yo soy profesora de inglés). Me siento con los niños en semicírculo, como si fuera una alumna más. No entendía nada ya que los niños de esas edades, 3, 4, 5 años, sólo son quechua hablantes. Comenzamos la clase repitiendo los números en quechua, situación que a mi me resulta muy difícil porque no sé quechua. Los niños y niñas a mi costado me ayudan con la pronunciación. Luego Anacleto me pide que escriba en la pizarra algunas palabras en inglés. Él escribe “casa”, luego yo escribo “house” y finalmente el vuelve a escribir “wasi”. Así tuvimos nuestra clase trilingüe. Luego de aproximadamente media hora, los niños y niñas se levantan para que Anacleto les ponga un poquito de jabón en las manos: era la hora del desayuno. Todos salimos a enjuagarnos las manos, pero no había agua así que tuvimos que correr al río. El agua era muy helada, tan helada que el viento hacía que te dolieran las manos. Corrimos de vuelta al comedor y ahí nos esperaba el desayuno, distribuido tres veces por semana por el programa social Q’ali Warma: arroz con leche. Cuando terminamos, volvimos a la clase. Pasó un rato más y cruzamos el río para jugar pelota.

No hubo ni un solo instante de esas 3 o 4 horas en que las niñas y niños no dejaran de sonreír. Me es muy difícil describir en palabras lo que me hicieron sentir a través de su alegría. Si pudiera ensayar algunas diría, a manera de pregunta ¿Es posible sonreír ante tanta pobreza? ¿Es posible que jugar pelota, cantar canciones, tirar la pelota al río y luego correr a sacarla sean suficientes motivos para reír, incluso a carcajadas?

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Deseo con todo mi corazón que estos niños conserven su sonrisa, a pesar del frío, de la falta, de la indiferencia de un Estado para el que no existen, de la distancia… Tal vez ese sea el único motor que los guíe en la búsqueda de nuevas oportunidades para crecer y desarrollarse. Y así también les agradezco por haberme enseñado lo simple que resultan algunas cosas que pasan desapercibidas ante los ojos adultos pero que son, sin lugar a dudas, las grandes cosas de la vida.